
Cuando Felipe II recibió el cuadro que había encargado para El Escorial, lo miró durante un buen rato y ordenó que lo retiraran. El pintor que lo había hecho nunca volvió a recibir un encargo de la corona española. Ese pintor sería reconocido como El Greco y esta anécdota, lejos de ser un fracaso, fue el primer paso para que pudiera crear su propio estilo, lejos de los caprichos de la corte.
Doménikos Theotokópoulos nació el 1 de octubre de 1541 en Candía, la actual Heraclión, en la isla de Creta. Nunca dejó de firmar con su nombre en letras griegas, en todos y cada uno de sus cuadros. El apodo de El Greco lo recibió en Italia, donde era costumbre identificar a los artistas por su país de origen.
Primeros años
Comenzó su carrera pintando iconos en el estilo bizantino que predominaba en Creta, y a los 22 años ya era reconocido oficialmente como maestro pintor. Hacia 1567 viajó a Venecia, que en ese momento era el mayor centro artístico de Europa. Allí estudió a Tiziano, Tintoretto y Veronés, absorbiendo el color y la luz de la pintura veneciana.
Posteriormente, se trasladó a Roma con una carta de presentación para el cardenal Farnesio. Fue acogido en el Palazzo Farnese, donde entró en contacto con la élite intelectual de la ciudad y estudió el manierismo de Miguel Ángel. Sin embargo Roma no le ofreció los encargos que esperaba. Era extranjero en una ciudad dominada por pintores locales mejor posicionados. Y cometió el error de decir en público que si se derribara la Capilla Sixtina y se volviera a pintar, él la haría mejor que Miguel Ángel. Roma nunca se lo perdonó.
El Greco en España
En 1577 llegó a Toledo buscando lo que Roma no le había dado. Felipe II necesitaba artistas para decorar el monasterio de El Escorial y El Greco llegó en el momento adecuado. Le encargaron El Martirio de San Mauricio. Trabajó en él durante meses. Cuando lo entregó, el rey lo consideró demasiado extraño y poco devoto. Lo retiró del lugar para el que había sido pintado y no volvió a llamarlo.
Sin la corte que lo respaldara, El Greco se quedó en Toledo y desarrolló lo que realmente quería hacer. Las figuras se alargaron hasta lo imposible. Los colores se volvieron más intensos e irreales. La luz adquirió una cualidad espiritual y casi alucinada que sus contemporáneos no siempre supieron leer pero que tampoco pudieron ignorar.
Una vida dedicada al arte
En 1586 pintó El Entierro del Conde de Orgaz para la iglesia de Santo Tomé, la obra que lo define mejor que ninguna otra. Vivió rodeado de la élite intelectual de Toledo, nunca llegó a dominar del todo el castellano y siempre añadió a su firma las siglas KRES, de cretense, para que su origen quedara vinculado a su obra de forma permanente.
Tuvo un hijo, Jorge Manuel, con Jerónima de las Cuevas, una mujer de la que se sabe muy poco y con quien nunca se casó, posiblemente porque ya había contraído matrimonio en Creta antes de emprender el viaje que lo cambió todo.
Murió el 7 de abril de 1614 en Toledo. Fue redescubierto siglos después por los románticos y las vanguardias. Picasso y los expresionistas lo reconocieron como un precursor directo.
Sus obras pueden verse en el Museo del Prado de Madrid, en el Museo del Greco de Toledo y en la iglesia de Santo Tomé, donde El Entierro del Conde de Orgaz sigue colgado en el mismo lugar para el que fue pintado.

