El historiador del arte Ernst Gombrich describió a la Virgen del Cuello Largo como algo visto en un espejo deformante. Y es que hay algo deliberadamente incómodo en esta Virgen: el cuello es demasiado largo, las manos demasiado finas, el Niño es demasiado grande y tiene una postura que recuerda más a un cuerpo muerto que a un bebé dormido. Este tipo de deformaciones son propias del manierismo y eran exactamente lo que su autor, Parmigianino, quería.
La Virgen del Cuello Largo fue encargada en 1534 por Elena Baiardi para decorar el altar de la capilla familiar. Girolamo Francesco Maria Mazzola, conocido como Parmigianino, trabajó en ella durante años y murió en 1540 sin terminarla.
Análisis de la obra
La Virgen ocupa el centro de la composición, sentada en un trono invisible, con el Niño Jesús recostado sobre su regazo en una pose de abandono que los historiadores han vinculado con la Pietà vaticana de Miguel Ángel: el cuerpo del Niño anticipa el cuerpo del Cristo muerto, conectando el nacimiento con la pasión desde el primer instante.
A la izquierda, un grupo de ángeles se agolpa en un espacio que no los puede contener. Uno de ellos sostiene un jarrón de cristal en el que algunos historiadores han visto una referencia al útero de la Virgen. Al fondo a la derecha, una figura diminuta que representa a San Jerónimo sostiene un rollo de pergamino junto a una columna solitaria, desproporcionadamente pequeña respecto al resto de la composición.
Todo en el cuadro viola deliberadamente las reglas de armonía y equilibrio del Renacimiento. Los ángeles están todos en un lado y las proporciones son intencionalmente incorrectas. La figura serpentinata de la Virgen, ese giro en espiral que los teóricos del Manierismo consideraban la forma más elegante posible, lleva las figuras al límite de lo verosímil.
La Virgen del Cuello Largo puede verse en la Galería de los Uffizi de Florencia.


