
El Juicio Final es el fresco que Miguel Ángel pintó entre 1536 y 1541 en el muro del altar de la Capilla Sixtina, en el Vaticano. El encargo lo había hecho el papa Clemente VII poco antes de morir, y su sucesor Pablo III obligó a Miguel Ángel a cumplirlo. Para entonces el artista tenía 61 años y llevaba décadas considerándose escultor, no pintor. Veinticinco años antes había terminado la bóveda de la misma capilla, una obra que ya lo había consagrado como el mayor artista vivo de Europa.
El tema era el Juicio Final descrito en el Apocalipsis: Cristo resucitando a los muertos, los bienaventurados ascendiendo al cielo y los condenados siendo arrastrados al infierno. Miguel Ángel pintó casi cuatrocientas figuras distribuidas en una superficie de más de ciento cuarenta metros cuadrados. Todas desnudas. Porque, como él mismo decía, los santos no tienen sastre.
Un descenso al infierno
Cuentan que cuando Biagio da Cesena, maestro de ceremonias del Papa, visitó la Capilla Sixtina para ver cómo avanzaba el fresco más ambicioso del siglo XVI, dijo que aquello no era digno de una capilla papal. Que era más propio de una taberna o un prostíbulo. Que todos esos cuerpos desnudos eran una vergüenza. Miguel Ángel se vengó pintándolo en el infierno: lo retrató como Minos, el juez de los condenados, con orejas de burro y una serpiente enroscada en el cuerpo mordiéndole los genitales.
Biagio fue al Papa a pedir que lo borrara. El Papa, de forma irónica, le respondió que su poder llegaba hasta el purgatorio, pero no hasta el infierno. Miguel Ángel lo dejó donde estaba y allí sigue, cinco siglos después.
El escándalo
El fresco se descubrió el 31 de octubre de 1541 y el escándalo fue inmediato. Además de Biagio da Cesena, el poeta Pietro Aretino propuso hacer una hoguera con la obra. Varios obispos acusaron a Miguel Ángel de herejía. Se intentó destruir el fresco. Lo que lo salvó fue su propia grandeza. Nadie se atrevió a destruir esta pintura que se convertiría en una de las mayores obras del Renacimiento.
La respuesta institucional llegó en 1563, cuando el Concilio de Trento impuso nuevas normas sobre el arte religioso y prohibió la desnudez en los templos. El Vaticano encargó al pintor Daniele da Volterra, discípulo de Miguel Ángel, que cubriera las partes más escandalosas con paños y velos pintados al óleo. Lo hizo entre 1564 y 1565, y desde entonces fue conocido en toda Italia como Il Braghettone, el calzonero.
Miguel Ángel murió en febrero de 1564, pocos meses antes de que su discípulo empezara a tapar su obra, así que no llegó a ver el resultado.
El Juicio Final puede visitarse en la Capilla Sixtina, en los Museos Vaticanos de Roma.


